Hay una frase que resume bastante bien cómo entiendo la fotografía de fauna: ninguna foto merece que el animal pague el precio.
Parece una obviedad. Algo tan evidente como no aparcar en mitad de una rotonda o no ponerse chanclas para cruzar una turbera. Sin embargo, cuando aparece delante una especie especial, una luz magnífica o una escena que llevamos años soñando, el entusiasmo puede empezar a negociar con el sentido común.
Y el entusiasmo, cuando negocia, suele ser un comercial bastante convincente.
“Solo me acerco un poco más”. “Solo repito el reclamo una vez”. “El ave parece tranquila”. “Ya que he venido hasta aquí…”. Casi todas las malas decisiones empiezan con un “solo”.
Por eso creo que la ética no es un complemento de la fotografía de naturaleza ni una especie de código elegante que uno menciona en las charlas. Es la base. La fotografía empieza después de haber decidido qué no estamos dispuestos a hacer para conseguirla.
El animal no sabe que estamos haciendo arte
Cuando fotografío un ave, yo sé lo que está ocurriendo. Sé qué cámara llevo, qué focal estoy utilizando, qué imagen busco y cuánto me gustaría volver a casa con algo interesante.
El ave, en cambio, solo ve a un señor grande, cargado de trastos y posiblemente demasiado cerca.
No sabe que la foto podría quedar estupenda. No conoce mi cuenta de Instagram. Tampoco le importa demasiado que lleve dos horas tumbado en el barro o que el viaje me haya costado una cantidad de dinero que prefiero no recordar.
Su prioridad es mucho más sencilla: alimentarse, descansar, reproducirse, evitar peligros y seguir viva. Si mi presencia altera cualquiera de esas cosas, el problema es mío, no suyo.
Esto obliga a observar antes de fotografiar. Un ave que interrumpe constantemente la alimentación, cambia de posadero, emite señales de alarma, se mantiene rígida o evita entrar en una zona nos está diciendo algo. Y normalmente no está opinando sobre el encuadre.
Retirarse a tiempo también forma parte del trabajo. Aunque duela. Aunque la luz sea perfecta. Aunque sepamos que, probablemente, la escena no se repetirá.
El reclamo: una herramienta que no debería convertirse en costumbre
El uso de reclamos sonoros es uno de los asuntos que más debate genera entre fotógrafos y observadores de aves.
No todas las especies reaccionan igual, ni todos los momentos del año son comparables. Tampoco es lo mismo una reproducción breve y controlada en una situación concreta que mantener a un ave respondiendo durante largos minutos para acercarla al posadero que nos interesa.
El problema aparece cuando el reclamo deja de utilizarse como una herramienta excepcional y pasa a formar parte del procedimiento habitual: llegar, encender el altavoz y esperar a que la naturaleza se coloque donde queremos.
Durante la época de reproducción, un ave puede interpretar ese sonido como la presencia de un rival. Eso implica invertir tiempo y energía en defender el territorio, abandonar otras tareas y exponerse más de lo necesario. Nosotros conseguimos unas cuantas fotografías. El ave se queda buscando a un enemigo que nunca existió.
Por eso, cuanto menos, mejor. Y en muchas circunstancias, nada.
La paciencia suele ser más lenta, pero también más honesta. Además, tiene una ventaja: permite contemplar comportamientos reales y no una escena provocada por nosotros. El problema es que la paciencia todavía no se vende con batería recargable ni conexión Bluetooth.
Comida, posaderos y escenas demasiado perfectas
La alimentación controlada puede ser útil en determinados contextos y, bien realizada, no tiene por qué ser perjudicial. Muchos comederos y bebederos aportan recursos valiosos, especialmente en momentos complicados del año.
Pero conviene diferenciar entre ayudar a las aves y utilizarlas como modelos a cambio de comida.
La cantidad, el tipo de alimento, la higiene, la ubicación y la frecuencia importan. Un comedero mal mantenido puede favorecer la transmisión de enfermedades. Un aporte inadecuado puede alterar comportamientos o generar dependencias. Y colocar alimento junto a una carretera, una cristalera o un lugar accesible para depredadores es una forma bastante absurda de intentar ayudar.
También debemos ser honestos al explicar cómo se ha obtenido una imagen. No porque una fotografía preparada tenga menos valor, sino porque el contexto forma parte de la historia. Una escena controlada no debería presentarse como un encuentro fortuito después de cuatro días de expedición heroica si, en realidad, el ave acudió a un posadero situado junto a un comedero.
La fotografía puede estar preparada. El relato no necesita estarlo también.
La localización también puede hacer daño
Hace años, encontrar una especie escasa exigía conocer a alguien, estudiar el terreno o dar muchas vueltas. Ahora basta con una fotografía geolocalizada, un mensaje reenviado varias veces y un grupo de mensajería especialmente entusiasta.
Compartir una ubicación puede parecer un gesto inocente, pero en especies sensibles puede provocar una afluencia difícil de controlar. Lo que empezó con dos personas observando a distancia puede terminar con una pequeña romería de cámaras, telescopios, coches mal aparcados y alguien preguntando si puede acercarse “solo un poquito”.
No todas las localizaciones deben mantenerse en secreto, pero tampoco todas necesitan publicarse con coordenadas, indicaciones y una flecha roja señalando el arbusto exacto.
Antes de compartir, intento pensar qué ocurriría si mañana aparecieran allí veinte personas. Si la respuesta no me gusta, prefiero ser prudente.
Hacer menos fotografías también puede ser fotografiar mejor
La tecnología actual permite disparar cantidades enormes de imágenes. En una ráfaga podemos generar más fotografías de las que un fotógrafo de hace unas décadas hacía durante todo un viaje.
Eso no significa que siempre tengamos que hacerlo.
Una sesión larga, una persecución constante o una aproximación repetida pueden acabar provocando molestias aunque cada acción aislada parezca pequeña. A veces, después de conseguir una buena imagen, lo más sensato es bajar la cámara y disfrutar de la escena.
Sé que suena extraño viniendo de un fotógrafo, pero no todo necesita ser fotografiado. Hay momentos que pueden quedarse únicamente en la memoria. No generan archivos RAW, pero ocupan bastante menos espacio en el disco duro.
No se trata de ser perfectos
Hablar de ética puede convertirse fácilmente en una competición para ver quién es el fotógrafo más puro del bosque. Y ese tampoco debería ser el objetivo.
Todos podemos cometer errores, interpretar mal una reacción o darnos cuenta demasiado tarde de que hemos permanecido más tiempo del debido. Lo importante es reconocerlo, aprender y corregir.
La ética no consiste en señalar continuamente a los demás desde una superioridad impecable. Consiste en revisar nuestras propias decisiones, aceptar críticas razonables y mantener la capacidad de renunciar, incluso cuando nadie nos está mirando.
También conviene huir de las justificaciones cómodas. Que otra persona lo haga peor no convierte automáticamente nuestra actuación en correcta. Y que una práctica sea frecuente tampoco significa que sea adecuada.
La mejor foto es la que permite que todo siga igual
Para mí, una buena jornada de fotografía no se mide únicamente por las imágenes que traigo a casa. También por haber pasado desapercibido, haber aprendido algo y haber dejado el lugar como estaba.
La fotografía de fauna debería acercarnos a los animales, pero no necesariamente en metros. Debería acercarnos a su comportamiento, a sus necesidades y a la fragilidad de los lugares en los que viven.
Podemos volver sin la fotografía que buscábamos y, aun así, haber tomado la decisión correcta.
De hecho, algunas de las decisiones de las que más satisfecho me siento no están en mi archivo. Son las ocasiones en las que guardé la cámara, retrocedí unos pasos y dejé que el animal continuara con su vida.
Porque habrá más luces, más amaneceres y, con suerte, más oportunidades.
El bienestar del animal, en cambio, no debería depender de nuestras ganas de conseguir una foto.
