Durante mucho tiempo asocié salir a fotografiar con ir a algún sitio diferente. Un lugar nuevo, una especie nueva, una ruta nueva o, como mínimo, una carretera en la que todavía no hubiera discutido con el navegador.
La sensación de descubrir siempre resulta atractiva. Cargar el coche, madrugar más de lo estrictamente razonable y conducir pensando que, al final del camino, nos espera esa fotografía que todavía no tenemos.
Sin embargo, muchas de las imágenes que más me gustan no han aparecido en lugares remotos ni durante una jornada especialmente épica. Han surgido volviendo una y otra vez al mismo rincón.
Un sitio cercano, conocido y aparentemente agotado. De esos en los que uno piensa que ya sabe perfectamente lo que va a encontrar.
Hasta que vuelve y descubre que no sabía tanto.
Una visita sirve para conocer el camino
La primera vez que llego a un lugar casi todo mi esfuerzo se dedica a entender dónde estoy.
Busco accesos, compruebo por dónde entra la luz, intento localizar las zonas con mayor actividad y descubro, normalmente demasiado tarde, que el mejor punto estaba veinte metros más atrás.
También hay que aprender dónde dejar el coche sin molestar, qué caminos terminan en barro y qué cancela que parecía abierta deja de estarlo cuando llega el momento de regresar.
Puede haber suerte, por supuesto. A veces una primera visita ofrece una escena magnífica. Pero lo normal es volver con más información que fotografías.
Y eso no debería considerarse un fracaso.
Conocer el terreno también forma parte del trabajo, aunque no genere archivos RAW.
La ventaja de saber qué puede ocurrir
Cuando regreso varias veces a un lugar, empiezo a identificar ciertos patrones.
Descubro dónde suelen posarse las aves, qué zonas utilizan para alimentarse, a qué hora aparece la primera luz útil o desde qué dirección acostumbra a llegar una especie concreta.
Ese conocimiento permite anticiparse.
En lugar de correr detrás de cada movimiento, puedo elegir una posición, esperar y dejar que la escena se acerque. Algo bastante más eficaz y, sobre todo, bastante más tranquilo.
También reduce esa modalidad de fotografía deportiva en la que uno recorre el campo cargado con varios kilos de equipo mientras el ave se desplaza siempre exactamente la misma distancia por delante.
Cuando conocemos el lugar, dejamos de perseguir tanto y empezamos a observar mejor.
El mismo sitio nunca es exactamente el mismo
Volver no significa repetir.
La luz cambia según la época del año. La vegetación crece, se seca o desaparece. Llegan especies migratorias, otras se marchan y algunas modifican por completo su comportamiento durante la reproducción.
Incluso dentro de una misma mañana, un lugar puede transformarse.
Una zona sin demasiado interés al amanecer puede llenarse de actividad una hora después. Un fondo que parecía gris puede recibir un rayo de luz. La niebla puede ocultarlo todo o convertir un escenario corriente en algo completamente distinto.
Por eso desconfío bastante de la frase “aquí no hay nada”.
Muchas veces significa simplemente que no había nada en ese momento, que estábamos mirando hacia otro lado o que llegamos con demasiada prisa.
La fotografía empieza antes de levantar la cámara
Conocer bien un enclave permite pensar la imagen antes de que aparezca el sujeto.
Puedo localizar un fondo limpio, comprobar desde qué posición resulta más interesante un posadero o prever dónde quedará una zona iluminada cuando salga el sol.
Después, naturalmente, el ave puede ignorar toda la planificación y colocarse en la única rama que no había tenido en cuenta.
Pero incluso así, las posibilidades aumentan.
Cuando todo es nuevo, reaccionamos. Cuando conocemos el lugar, podemos empezar a construir.
Eso no significa preparar cada escena ni controlar lo que hace la fauna. Significa entender el entorno lo suficiente como para estar en una buena posición cuando ocurra algo.
El archivo también agradece la constancia
Una sola salida puede producir una buena fotografía. Volver durante meses permite contar una historia.
Podemos documentar cambios de plumaje, comportamientos de cortejo, migraciones, alimentación, cría o simplemente la evolución de un paisaje a lo largo de las estaciones.
La colección deja de ser una acumulación de encuentros aislados y empieza a adquirir continuidad.
Esto me parece especialmente interesante cuando trabajamos cerca de casa. No dependemos de un único viaje ni de una oportunidad irrepetible. Podemos equivocarnos, revisar los resultados y regresar con otra idea.
Y poder equivocarse sin haber pagado tres vuelos y un alojamiento siempre ayuda a mantener la creatividad.
No todo tiene que ser un destino espectacular
Las redes sociales nos enseñan continuamente lugares extraordinarios: montañas, selvas, desiertos, costas remotas y especies que parecen haber sido diseñadas expresamente para posar.
Es fácil pensar que las mejores fotografías están siempre lejos.
Pero trabajar de forma constante en un entorno cercano ofrece algo que ningún viaje rápido puede sustituir: conocimiento.
Puede que el lugar no sea especialmente llamativo. Quizá sea una marisma conocida, un pinar, una playa o una zona agrícola a la que podemos llegar en pocos minutos.
Precisamente por eso podemos observarla con calma, visitarla en diferentes condiciones y esperar momentos que una persona de paso probablemente no llegaría a ver.
La espectacularidad del destino no garantiza la calidad de la fotografía. A veces solo garantiza que madrugaremos mucho más lejos de casa.
Volver con mejores preguntas
Cada visita debería dejar alguna pista para la siguiente.
¿Por qué las aves utilizaron una zona y no otra? ¿A qué hora cambió la actividad? ¿Desde qué posición habría conseguido un fondo mejor? ¿Qué ocurrió justo después de marcharme?
Ese tipo de preguntas hace que el lugar nunca termine de agotarse.
Cuanto más conocemos un enclave, más detalles aparecen. Lo que al principio parecía sencillo empieza a mostrar rutinas, cambios y oportunidades que antes pasaban desapercibidas.
Y ahí está, para mí, una de las partes más bonitas de la fotografía de naturaleza: aprender a mirar un mismo sitio de una forma diferente cada vez.
No siempre hace falta avanzar muchos kilómetros para mejorar nuestras imágenes.
A veces, avanzar consiste simplemente en volver.
