Bajo el sol que madura la uva en Chiclana, donde la tierra aun guarda el frescor de la noche, late el pulso de un habitante singular: el alzacola rojizo. Este pequeño viajero de cola inquieta es mucho más que un ave; es el alma de nuestros viñedos y el termómetro de una tierra que aún respira.

Su presencia entre las cepas nos habla de un equilibrio antiguo, de una biodiversidad que busca refugio en el abrazo de la vid. El alzacola es el centinela de nuestra herencia agrícola, un recordatorio de que la salud del campo se mide en cantos y aleteos. Proteger su vuelo es, en definitiva, salvaguardar la esencia de un paisaje que nos define y nos arraiga.

 
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